El reto de educar en una sociedad tecnologizada

El uso de las tecnologías digitales es un ámbito de especial preocupación en la comunidad educativa. Para el alumnado, las familias, el profesorado y las administraciones existen constantes interrogantes y tensiones sobre cuándo, cuánto y cómo deberían los jóvenes usar el móvil y otros dispositivos, ya sea dentro o fuera del aula. Esta cuestión guarda relación a su vez con el problema que ya hemos enunciado acerca de la dificultad para la atención, el interés y la motivación del alumnado para aprender y cuya resolución despierta muchas y muy diversas propuestas de innovación educativa.

Es importante incidir en qué significa hablar de una sociedad tecnologizada. Se trata de hacer visible la enorme dimensión que abarcan las tecnologías digitales en la sociedad actual. En el anterior artículo titulado 3 ejemplos para entender la relación economía-tecnología-sociedad hemos visto cómo las tecnologías que usamos a diario, y de manera más o menos consciente, guardan una estrecha relación con cómo funciona el mundo en el que vivimos y con las empresas más ricas del mundo, así como con la capacidad de cómputo y almacenamiento de los centros de datos y el rápido desarrollo de algoritmos de inteligencia artificial. Esto es lo que hace posible la llamada economía de la atención.

Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la educación en y con tecnología?

El quid de la cuestión es que la atención, el interés y la motivación que queremos en la escuela, son precisamente los pilares fundamentales del éxito del negocio en la nueva economía digital. Los datos son el nuevo oro, y nuestros datos se consiguen conquistando la atención, el interés y la motivación. Pero resulta que la atención, el interés y la motivación son aspectos esenciales para el ser humano y para el aprendizaje, y cuya libertad reivindican textos como el Manifiesto Onlife.

Es conocido el caso aparentemente contradictorio de directivos y trabajadores de grandes empresas tecnológicas con sede en Silicon Valley y que conocen cómo se diseña la tecnología, que restringen el uso de móviles y videojuegos en casa, posponen al máximo la edad de exposición a las pantallas y llevan a sus hijas e hijos a escuelas Waldorf. Pero, ¿qué queda para nosotras, para la educación de masas?

Las administraciones europeas y nacionales promueven el desarrollo de las competencias digitales en la educación obligatoria y a lo largo de la vida, con un enfoque que enfatiza primero la empleabilidad y después la ciudadanía. Si bien en las recomendaciones marco de la Comisión Europea para el aprendizaje permanente se incide en la importancia de desarrollar una actitud reflexiva y crítica en la interacción con las tecnologías y contenidos digitales, en cambio sus traducciones en directrices pedagógicas, recursos para la docencia y cursos de formación del profesorado suelen olvidarlas en favor de un uso instrumental y acrítico de las tecnologías en el aula.

Ni optimismo ni pesimismo: mejor realismo

No defiendo una incorporación optimista, benévola e irreflexiva de las tecnologías digitales en la educación. Pero tampoco una demonización de las mismas, pues su exclusión en todo ámbito educativo haciendo como si no existieran, simplemente las ignora y no nos permite analizarlas, posicionarnos, y mucho menos actuar.

Creo que el reto presente es superar este dualismo de si las tecnologías son buenas o malas, de si albergan oportunidades y riesgos, para sumergirnos en el fondo de la cuestión. Usar la tecnología en educación no es suficiente. Es necesario problematizar las tecnologías digitales en la educación, verlas como algo acerca de lo que cada una de nosotras podemos y debemos preguntarnos, en lugar de darlo por sentado o dejarlo en manos de expertos.

Si los jóvenes hacen uso diario del móvil en su tiempo libre desde los primeros cursos de Secundaria, ¿cómo es posible que no estudiemos los móviles, su diseño, su programación y su industria en la escuela? Si los jóvenes están en Instagram, ¿cómo es posible que no estudiemos el diseño y el modelo de negocio de Instagram en la escuela? Hablamos de algo tan de sentido común como que los jóvenes aprendan a comprender la realidad que les rodea, a entender el mundo en el que viven, a colocar las piezas del puzzle.

piezas de un puzzle esparcidas
Imagen de congerdesign en Pixabay

Problematizar la tecnología no es tan simple como verla como un problema que quisiéramos quitarnos de en medio, que desearíamos que desapareciera. Es algo bien distinto. Problematizar la tecnología supone querer comprenderla en un sentido amplio: los artefactos, su diseño, sus prácticas y sus valores, así como las interrelaciones de todos estos aspectos con la vida personal, social y política. Y comprender no significa sólo saber más sobre el tema, sino transformar ese conocimiento en acción, en práctica reflexionada, como diría Freire. De este modo, podemos pasar de preocuparnos a ocuparnos, es decir, hacer algo al respecto.

La Educación Digital Crítica tiene el propósito de problematizar la realidad y comprometerse con su transformación. La propuesta no debe entenderse como una receta o una guía con pasos a seguir, sino más bien como un marco teórico y ejemplos de nuestra propia experiencia para ilustrar que no sólo es posible sino necesario transformar esta realidad tecnológica también desde la educación.

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