La tecnología como valores

Venimos estudiando las 4 formas de entender la tecnología que Marc de Vries, profesor en UDeft, recopiló en su publicación acerca de la filosofía de la tecnología, como una manera de situar y categorizar diferentes aproximaciones curriculares de la educación en tecnologías. Ahora llegamos por fin a una categoría fundamental en la auto-construcción del ser humano y de su relación con el mundo, pero muy desconocida y nada explorada en los currículos de cualquier nivel educativo desde Primaria a la Universidad.

Pensar en la tecnología como valores es buscar sus conexiones con lo que la tradición filosófica europea ha tratado desde la metafísica, la ética y la estética.

La metafísica es la visión de la realidad que sostenemos.

La ética distingue qué es lo bueno y lo justo.

La estética percibe qué es lo bello.

Estas disciplinas, hoy separadas, tienen sentido sólo al considerarlas conjuntamente. Esta visión nos remite a las obras de Heidegger, Husserl, Marx o Sartre, pero también a Hannah Arendt, Lewis Mumford, Michel Foucault, Donna Haraway o Byung-Chul Han. En esta tradición filosófica europea destacan dos grandes tendencias: el fenomenologismo y el pragmatismo.

En todas partes permanecemos no libres y encadenados a la tecnología, tanto si la afirmamos como si la negamos apasionadamente. Pero estamos entregados a ella de la peor manera posible cuando la consideramos como algo neutral; y es esta concepción de ella, a la que hoy en día nos gusta especialmente rendir homenaje, lo que nos hace completamente ciegos a la esencia de la tecnología.

Martin Heidegger en What is Technology?, de Martin Oliver (cit.)

Fenomenologismo: la tecnología distorsiona cómo vemos la realidad

Aquí encontramos a Heidegger y Husserl a la cabeza. Heidegger afirmaba que la tecnología nos hace ver la realidad como un recurso: cuando vemos un árbol, lo primero que pensamos no es: “¡oh! ¡qué hermoso!”, sino más bien “¿cuántas tablas puedo sacar de este árbol?” – o, dicho de otro modo, cuánto dinero me darán por él. Se trata de una visión distorsionada de la realidad, pero Heidegger afirma que está profundamente arraigada en nuestra mentalidad.

Borgmann, un filósofo contemporáneo en esta línea afirma que los dispositivos se sitúan entre nosotros y la realidad de manera que estamos mucho menos involucrados (comprometidos) con la realidad que antes. Diría que, en general, nuestro compromiso con la realidad se reduce a pulsar botones – hacer click o dar “me gusta”, si lo trasladamos a la tecnología digital. A esto lo llama el paradigma del dispositivo.

Por su parte, Ihde define cuatro maneras en que la tecnología media entre nosotros y la realidad:

  • Corporizada: un dispositivo tecnológico a través del cual experimentamos la realidad se torna prácticamente una parte de nuestro cuerpo. Ej. gafas, móvil.
  • Hermenéutica: la tecnología hace una traducción de la realidad que percibimos y necesitamos saber interpretarla para comprenderla adecuadamente. Ej. gráficas y visualizaciones de datos.
  • Alteridad: la tecnología modifica la realidad que vemos, o genera una completamente nueva. Ej. videojuegos, series, redes sociales.
  • Fondo: la tecnología crea un ruido de fondo o bien un olor o una luz de la que no nos damos cuenta pero que influye en nuestra percepción de la realidad. Ej. notificaciones del móvil.

Según Idhe, mientras seamos conscientes de cómo la tecnología influye en nuestra percepción, no tiene por qué ser un problema, pero puede ser grave si no nos damos cuenta. Educar esta consciencia del impacto de las tecnologías digitales en nuestra visión y compromiso con la realidad, con el mundo, es una de las competencias clave del aprendizaje permanente cuando entendemos así la necesidad de reflexión y uso crítico de las tecnologías.

Pragmatismo: lo que funciona, está bien

Una visión muy distinta es la del pragmatismo, representada por J. Dewey, que plantea que lo que es verdad es lo que funciona (epistemología) y lo que es bueno es lo que funciona (ética). Hickman ha aplicado las ideas de Dewey al los desarrollos tecnológicos y afirma que lo que los ingenieros hacen debería ser el modelo de toda toma de decisiones sociales. Esta aproximación se acerca más al optimismo tecnológico que a una visión crítica.

Imagen de Pexels en Pixabay

Hacia una teoría y praxis críticas con la tecnología

En otra síntesis de la tecnología como valores, Jordi Adell recupera el esquema de Feenberg en Questioning technology para definir las distintas teorías modernas sobre la tecnología:

La tecnología esAutónomaHumanamente controlada
Neutral
(completa separación medios-fines)
Determinismo
(ej. marxismo tradicional)
Instrumentalismo
(fe liberal en el progreso)
Cargada de valores
(los medios forman un estilo de vida que influye los fines)
Sustantivismo
(medios y fines vinculados a sistemas)
Teoría Crítica
(elección de un sistema medios-fines alternativo)
Esquema de teorías clásicas de Feenberg. Fuente: Adell, 2018.

Estas teorías se mueven en dos dimensiones esenciales: el papel de la acción humana (la tecnología es autónoma o es humanamente controlable) y su neutralidad (la tecnología es neutral o está cargada de valores). Adell advierte que lo que consideramos sentido común, es decir, la percepción generalizada de la tecnología en nuestra sociedad, y también la investigación, la innovación y los debates sobre tecnología educativa actual son instrumentalistas: asumen que la tecnología es neutral y los seres humanos la controlamos.

Las teorías críticas son sin duda la opción a seguir, aunque precisamente en tanto teorías, corren el peligro de quedar muy lejos de la experiencia, de la praxis personal y colectiva de manera que podamos trazar un camino paso a paso que nos permita materializar esa transformación hacia sistemas alternativos de medios-fines. De hecho, Adell recoge algunos debates contemporáneos que sostienen que las teorías críticas de la filosofía humanista como las de Mumford, Arendt, Foucault o Heidegger conceptualizan la tecnología como una caja negra y apenas permiten aceptarla o rechazarla en bloque.

Quizás en las últimas décadas es más frecuente encontrar actitudes reacias a las teorías críticas porque estamos tan alejados de la filosofía y su praxis para definir cómo queremos vivir, y en cambio estamos tan cerca de seguir un estilo de vida individualista y consumista de deseos satisfechos al instante, que carecemos de perspectiva, y nos perdemos una y otra vez en el pragmatismo. Creo que las teorías críticas son muy valiosas y se enriquecen en la medida en que pueden ser contrastadas y reformuladas junto a un conocimiento profundo no sólo de la condición humana y las estructuras sociales, sino de la propia tecnología. Un ejemplo de una aproximación crítica más cercana a la praxis tecnológica, protagonizada por quienes conocen esa caja negra es el Manifiesto del Ingeniero Crítico.

Tal vez por eso nosotras nos remitimos una y otra vez a la alfabetización crítica y al legado de Paulo Freire, que afirma que la teoría sin práctica, la reflexión sin experiencia, el pensamiento sin vida, no sirve de nada. Reflexión y acción deben ir juntas. Somos las personas usuarias, junto a diseñadores, ingenieros, maestros y profesionales de cualquier ámbito, quienes podemos hacer realidad la reflexión y la acción que nos permitan crear sistemas tecnológicos alternativos basados en otras relaciones medios-fines. Y en eso estamos. ¡Ánimo pues!

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