La tecnología como artefactos

Cuando miramos la tecnología desde los ojos de la filosofía nos damos cuenta de que la forma más extendida de entender la tecnología es a través de los artefactos tecnológicos. En su artículo sobre la filosofía de la tecnología, Marc de Vries apunta a 4 formas de entender la tecnología, y en este artículo desmenuzamos la primera de ellas.

Engranaje de un reloj
Imagen de Pavlofox en Pixabay

Aunque frecuentemente decimos que son la tecnología misma, los artefactos tales como el móvil, el ordenador o una aplicación software son en realidad el producto de la tecnología, Para empezar, y de manera básica, podemos conocer un artefacto si nos hacemos dos preguntas complementarias:

  1. ¿Cómo es un artefacto tecnológico? Responderemos atendiendo a sus propiedades físicas y estructurales, tales como su forma, peso, color, sus partes o los materiales de los que está hecho: son propiedades internas al objeto. Por ejemplo, podemos describir una taza enumerando estas propiedades. Y también un móvil: siendo ésta una primera aproximación básica, llama la atención que sería posible tirar del hilo de las partes que lo componen y los materiales de los que está hecho un móvil por sus implicaciones ecosociales.
  2. ¿Para qué sirve ese artefacto? Responderemos atendiendo a sus propiedades funcionales, es decir, a cuál es su función, su uso. Las funciones atienden a nuestra relación con el objeto, somos las personas quienes asignamos tales funciones: son propiedades externas al objeto. Continuando el ejemplo, diríamos que una taza puede contener y transportar líquido, permite verter líquido o beberlo directamente.

Las funciones de un artefacto tienen muchos matices

Para Marc de Vries, las funciones de un artefacto abren un abanico de matices, pues un sólo artefacto funciona al mismo tiempo en muchos aspectos distintos de la realidad:

1. En el aspecto espacial

Todo ocupa una cierta cantidad de espacio. Esto es sencillo de ver para el portátil o móvil, como dispositivo físico que puedo guardar en una mochila o en un bolsillo. Pero nos cuesta más verlo si pensamos en una aplicación instalada en ese móvil, pues solemos pensar que como es software, es algo virtual, intangible e inmaterial. Sin embargo, una app existe en la medida en que está “grabada” en la memoria física (interna o externa) del móvil, de modo que el aspecto espacial nos permite reconocer que las apps ocupan lugar. Y de hecho es algo que los diseñadores deben tener muy en cuenta.

2. En el aspecto lingüístico o simbólico

Ya que utilizamos nombres y símbolos para identificarlo. Por ejemplo, antes teníamos teléfonos móviles y ahora tenemos simplemente móviles. Aunque lo actual es una evolución de lo anterior, la función de llamar por teléfono cada vez caracteriza menos el uso que hacemos del dispositivo. Esta es una cuestión que puede parecer banal, pero que genera grandes distorsiones en la manera en que entendemos la tecnología. Precisamente en el ámbito de las tecnologías de Internet utilizamos metáforas sin darnos cuenta para nombrar las cosas: cuando decimos Nube para referirnos a la red mundial de ordenadores interconectados que es Internet o cuando decimos inteligencia artificial para referirnos al procesamiento de información que emula (o intenta emular) funciones de la inteligencia humana.

3. En el aspecto económico

Los artefactos tienen un precio que depende del valor que la gente le atribuye. De hecho el móvil es en cierto modo una medida de estatus social, en el que tiene valor la marca, el modelo o incluso la carcasa que lo viste. Me parece necesario añadir que también que su precio viene estipulado por una economía de mercado, que lo asigna en relación al beneficio que se desea obtener y al coste de producción, distribución y comercialización.

4. En los aspectos sociales, jurídicos, estéticos, éticos y en las creencias de las personas

Esto último implica que tendemos a atribuir confianza o desconfianza, y vínculos emocionales a las tecnologías. Instagram puede ser un buen ejemplo de cómo esta tecnología funciona modificando las relaciones sociales, toca la legislación sobre los derechos de imagen, crea estética mediante sus filtros, remite a cuestiones éticas como la libertad de expresión y alimenta todo un imaginario en relación a la imagen personal.

Los artefactos pueden funcionar como objetos y como sujetos

Hasta ahora hemos hablado de los artefactos como objetos, es decir, con un carácter pasivo. Sin embargo, los artefactos pueden funcionar como objetos y como sujetos. Si bien De Vries afirma que las personas podemos ser sujetos en cualquiera de los aspectos anteriores y los artefactos no, sería interesante revisar esta cuestión si consideramos los algoritmos, especialmente aquellos que conforman la inteligencia artificial y el aprendizaje máquina: si toman decisiones, tal vez están funcionando como sujetos.

Estos algoritmos están presentes, como ejemplo paradigmático, en el buscador de Google, un recurso ampliamente utilizado incluso en educación tanto por el profesorado como por los estudiantes. La mayoría de las aplicaciones instaladas en nuestros móviles están utilizando inteligencia artificial para analizar los datos que generamos al usarlas, al igual que sucede con las aplicaciones educativas que se basan en lo que se ha llamado learning analytics o analíticas de aprendizaje, que recopilan datos durante la realización de tareas por parte de los estudiantes.

Hay funciones propias y accidentales

Existe por otro lado una diferencia entre las funciones propias, para las cuales el artefacto fue creado originalmente, es decir, lo que quería el diseñador que hiciera, y las funciones accidentales, que son para lo que los usamos a veces. En el ejemplo de la taza, una función accidental sería utilizarla como pisapapeles en la mesa.

En el caso de los móviles o las tecnologías educativas en el aula, esta divergencia entre funciones propias y accidentales en muchas ocasiones concentra el debate sobre si las tecnologías son buenas o malas, y acabamos diciendo que:

  • depende de cómo se usen, que es lo mismo que decir que la tecnología es neutral,
  • o que (casi) siempre es posible hacer un uso subversivo.

Sin querer abrir este debate aquí, vale la pena ver en qué reducida parte nos quedamos con esta discusión respecto a todo el conjunto de aspectos de la tecnología que estamos revisando.

También quien diseña pone su intención

Otras funciones relevantes son las funciones fundacionales, que tiene que ver con el origen de la existencia de un objeto: cómo se ha creado dicho objeto mediante un determinado proceso de diseño y desarrollo; y las funciones calificativas, acerca de su contribución última al sentido de la realidad y que se relaciona con la intencionalidad de su diseño, relacionadas a su vez con las funciones técnicas necesarias para lograrlo. Aunque de Vries no las desarrolla en mayor profundidad, estas funciones pueden en cambio enriquecer el debate antes mencionado, y como ejemplo de dicha intencionalidad vale recordar el auge de las tecnologías de la persuasión que ya comentamos en el artículo de 3 ejemplos para entender la relación economía-tecnología-sociedad.

Los sistemas técnicos solo pueden funcionar en un contexto social

Por supuesto, los artefactos pueden ser simples o muy complejos, y en tal caso hablamos de ellos como sistemas que toman por ejemplo materiales, energía e información como entrada del sistema, la procesan y conforman un producto o resultado como salida del mismo. Internet es un sistema complejo donde encontramos centros de datos y centros de conmutación, que necesitan energía eléctrica y refrigeración para funcionar, y que por ejemplo en el caso de las redes sociales y otras aplicaciones, toman información de muchos usuarios, la procesan y la muestran ordenada de manera «personalizada» para cada uno.

Las definiciones anteriores son válidas también pues un sistema puede estudiarse como sub-partes de partes físicas y sub-funciones de funciones. Según de Vries, en realidad, cualquier tecnología es un sistema sociotécnico: los sistemas técnicos sólo pueden funcionar en un contexto social. En este sentido, tales sistemas incluyen no sólo las máquinas o artefactos sino también las personas que los diseñan y los usan.

La tecnología no puede entenderse sólo como artefactos

Entender la tecnología sólo como artefactos que usamos, sin tener en cuenta todos estos matices, tiene un problema: la tecnología nos parece neutral, inerte o “inocente”. En un capítulo titulado Más allá del instrumentalismo en tecnología educativa, Jordi Adell alerta sobre el hecho de que:

Concebimos los artefactos como medios más o menos eficaces para conseguir nuestros fines, olvidando que fueron diseñados y construidos con finalidades determinadas, que distintos usuarios pueden utilizarlos de diferentes maneras y que su uso tiene implicaciones en varios ámbitos de la realidad. Por ejemplo, olvidamos que en ellos se materializan relaciones sociales de poder y autoridad.

Jordi Adell en «Cambiar los contenidos, cambiar la educación» Ed Morata, 2018.

Y la mayoría de artefactos digitales y electrónicos que tenemos a nuestra disposición, han sido diseñados en una lógica de mercado que persigue el máximo beneficio económico, no la buena vida de las personas usuarias y del planeta.

Puedes seguir leyendo sobre la tecnología como conocimiento o regresar a las 4 formas de entender la tecnología según la filosofía.

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