Del club de código hacia un aprendizaje vital


La vida es compleja y dinámica. La pintura, la poesía, las novelas, las películas y los videojuegos, incluso la programación de videojuegos, por citar algunos ejemplos, nos permiten acercarnos a ella desde diversas sensibilidades y perspectivas. Pero la realidad siempre supera a la ficción, tanto si la vivimos como espectadores o como escritores, creadores o programadores. Es precisamente esta realidad interior, relacional y social, la que queda fuera de la escuela, la que parece que debe aprenderse en otros espacios. Tal vez por eso facilitamos y defendemos que existan tales espacios.

Nuestro punto de partida es que toda actividad que dinamizamos con niños/as y jóvenes es en realidad una labor educativa, y que lo más importante que hay por aprender es la vida misma. Entendemos que es compleja con múltiples planos que se entrelazan (personal, ambiental, social, cultural, político) y que además tiene un gran dinamismo, es decir, cambia continuamente.

El club de código es una actividad continuada de dinamización cultural con niños/as y jóvenes que podemos ubicar en el ámbito de la educación informal, ya que significa abrir un espacio de aprendizaje-taller en el que nuestra herramienta de trabajo es la tecnología: un ordenador o un portátil conectados (o no) a Internet ejecutando un entorno de programación software como puede ser Scratch – la plataforma de programación de animaciones y videojuegos por bloques diseñada por el MIT más popular entre principiantes. En coherencia con lo anterior, ¿qué podemos hacer como educadores para que la experiencia en el club de código sea un aprendizaje para la vida?

Por supuesto que el club de código debe ser un espacio de aprendizaje de la programación en sentido técnico estricto: variables, sentencias, bucles, funciones, etc. pero además vemos necesario explorar algunas cuestiones:

¿Qué nos aporta saber programar en la vida cotidiana?

Los dos elementos básicos de la programación son la lógica y el lenguaje (el famoso código). La lógica puede parecer algo abstracto, no apto para quien odie las matemáticas. Pero nada de eso, hay lógica en mucho de lo que hacemos: por ejemplo, nadie se pone los zapatos antes de ponerse los pantalones. La lógica nos ayuda a planificar, a ordenar, a resolver problemas, a entender las causas y las consecuencias de nuestras acciones y de lo que sucede. Recordemos que la lógica fue antes parte de la filosofía que de las matemáticas, y esto no es trivial: sólo así lógica y ética van juntas.

Por otro lado, no hay un sólo código, sino muchos códigos que utilizamos las personas para comunicarnos y para organizarnos socialmente (por ejemplo, un apretón de manos como saludo, un silbido como llamada, una vestimenta negra como luto, una señal de tráfico o depositar un voto en la urna). Explorar los códigos nos hace sensibles a la inteligencia emocional y la identidad cultural y social.

¿Qué podemos/queremos/debemos contar?

Una animación es un relato en lenguaje audiovisual, y un videojuego permite además la interacción. En tanto un relato consiste en contar una historia, aquí está posiblemente uno de los mayores potenciales creativos del club de código. Niños/as y jóvenes tienen un potencial creativo magnífico, pero no seamos ingenuos: están fuertemente condicionados por los contenidos audiovisuales que consumen. Muchas veces su primer impulso es replicar la historia de Frozen o de Spiderman. Si bien esto debe surgir, no puede ser la tónica general pues se trata de un ejercicio de imitación y repetición con escasa imaginación propia.

Como educadores nuestro papel es facilitar que niños/as y jóvenes pongan su imaginación en contacto con la realidad, que puedan identificar y expresar sus emociones a través de sus relatos, y que puedan incluir elementos de su propia experiencia personal y colectiva.

¿Cómo lo haremos?

La primera idea a tener en cuenta es que una “actividad de informática” no significa “mirar una pantalla sin despegar el trasero de la silla” – curiosamente he visto cómo numerosas sesiones en clubes de código se desarrollaban de esta manera. Desmontado este mito podemos seguir hablando: al menos la mitad de la actividad en el club de código, que tiene que ver con pensamiento lógico, crítico y creativo, juegos, storytelling, diálogo, trabajo en equipo, diseño y exposición de proyectos puede (y debe) hacerse fuera del ordenador. Algunos ejemplos son dinámicas de juegos de pruebas y lógica, role-play o dibujo de cómics como storyboards previos a la programación de un videojuego.

La segunda idea toma como base la anterior, pero va un paso más: frente a un aprendizaje individualizado y competitivo, el club de código puede ofrecer un entorno facilitador de aprendizaje cooperativo. Podemos destacar cuatro claves de esta forma de aprendizaje: cooperar para aprender, aprender jugando, aprender investigando y por proyectos, e integrar a la comunidad (amigos, familia, barrio) en el club de código.

Son muchos los clubes de código que se han puesto en marcha en los últimos años. Todos en cierta medida buscan salir de la rigidez de la escuela formal, crear un ambiente lúdico y fomentar la creatividad. Todas estas experiencias aportan y pueden resultar inspiradoras. Pero si además queremos que estos niños/as y jóvenes que vienen al club de código sean la ciudadanía comprometida del futuro, debemos ir más allá. Esto implica que además de tener nociones de programación, nosotros como educadores, dinamizadores y técnicos necesitamos también desarrollar sensibilidades, actitudes y habilidades que nos permitan acompañar estos procesos de aprendizaje. Éstas son algunas de las cuestiones que nosotros nos hemos planteado, pero por supuesto que no es todo lo que hay y es mucho lo que queda por hacer.

Un fragmento de este artículo fue publicado en la Revista Ciudadanía Comprometida Nº 2 de la Fundación Esplai.

Si eres educador, docente o padre/madre y quieres llevar este tipo de aprendizaje a tu centro educativo o cultural puedes contactarnos y te enviaremos una propuesta.

 

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